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¿Qué es el fetichismo según el psicoanálisis?

El tema del fetichismo, en la tradición psicoanalítica, es uno de esos puntos en los que la teoría de la sexualidad, la problemática de la castración y la cuestión de la realidad se enlazan de modo particularmente denso. No se trata únicamente de un “gusto sexual extraño”, sino de una formación compleja que implica el estatuto del objeto, la economía del deseo, la defensa frente a la angustia y, en última instancia, la posición del sujeto ante la diferencia sexual y la ley. Desde Freud hasta Lacan, pasando por relecturas contemporáneas, el fetichismo desplaza la frontera entre lo normal y lo patológico, entre síntoma y estructura, entre defensa y creación de realidad psíquica.

El fetichismo en la obra freudiana: de la teoría de la sexualidad al texto “Fetichismo” (1927)

Freud introduce el término “fetichismo” en Tres ensayos de teoría sexual (1905), en el contexto de la discusión sobre las “aberraciones” del objeto sexual. Allí describe situaciones en las que el objeto sexual “normal” es sustituido por otro que mantiene con él alguna relación, pero que es, en sí mismo, inadecuado para el objetivo sexual genital. El fetiche es, entonces, definido como ese objeto sustitutivo, que puede ser una parte del cuerpo, un detalle de vestimenta, un material, un brillo, un olor, etc.

Desde ese momento inicial, Freud subraya dos puntos decisivos. Primero, que “un cierto grado de fetichismo” es habitual en el amor llamado normal, sobre todo en fases en las que el objetivo sexual genital está impedido o diferido; segundo, que el pasaje a lo patológico se da cuando el fetiche deja de ser solo una condición para el encuentro sexual y se convierte en el único objeto sexual, sustituyendo al partenaire y al objetivo genital. La frontera entre “normal” y “perverso” es, por tanto, de grado y de función, no de naturaleza: el fetichismo, en su forma extrema, radicaliza algo que ya está presente en la economía erótica ordinaria.

El texto de 1927, Fetichismo, marca, sin embargo, un giro conceptual. Freud desplaza el foco de la simple descripción del desvío de objeto hacia la articulación del fetichismo con la angustia de castración y con un tipo específico de defensa. El fetiche pasa a ser pensado como un “monumento” erigido en el lugar de una percepción traumática: la constatación, por parte del niño, de que la mujer, en general, la madre, no posee pene. Esa percepción desencadena la angustia de castración, es decir, la fantasía de que el propio sujeto podría ser castrado. El fetiche es, entonces, el sustituto que permite al sujeto mantener, de algún modo, la creencia en la existencia del falo materno.

Freud insiste en el carácter ambivalente de esta solución. El fetiche es, simultáneamente, un signo de negación y de reconocimiento de la castración. Marca el punto en el que la percepción de la ausencia de pene fue rechazada, pero también el punto en el que esa percepción dejó un rastro. El fetichista “sabe” y “no sabe” al mismo tiempo: sabe que la mujer no tiene pene, pero se comporta como si lo tuviera, sosteniendo la creencia mediante el fetiche. Esta duplicidad será formalizada más tarde en la noción de clivaje del yo (Ichspaltung), desarrollada por Freud en textos como La escisión del yo en el proceso defensivo (1938).

En el ensayo de 1927, Freud describe con precisión el mecanismo: el fetiche suele fijarse en un detalle que estuvo presente en el momento en que el sujeto, niño, se confrontó con la percepción de la ausencia de pene en la mujer. Puede ser, por ejemplo, un brillo, un pedazo de ropa, un tipo de tejido, un calzado. Ese detalle es elevado a la condición de objeto privilegiado, condensando la función de “sustituto del pene” y de “recordatorio del peligro de castración”. El fetiche es, así, un compromiso entre la exigencia de negar la castración y la imposibilidad de borrarla por completo.

A partir de ahí, el fetichismo deja de ser solo una “perversión sexual” para convertirse en un paradigma de una forma específica de defensa: la recusa (Verleugnung), que Freud distingue tanto de la represión (Verdrängung) como de la negación (Verneinung). En la recusa, el sujeto no recalca la percepción, sino que la desmiente; no la expulsa al inconsciente, sino que la mantiene en una especie de “fuera de juego”, coexistiendo con una creencia contraria. El fetichismo es, entonces, el modelo clínico de esta coexistencia paradójica de dos actitudes psíquicas incompatibles.

Recusa de la castración, clivaje del yo y estatuto del objeto fetiche

El concepto de recusa de la castración es central para comprender el fetichismo en Freud. A diferencia de la represión, que implica el alejamiento de una representación intolerable hacia el inconsciente, la recusa supone que la percepción traumática es, en cierto modo, mantenida, pero desmentida en su valor de realidad. El sujeto “vio” que la mujer no tiene pene, pero decide, por así decirlo, no creer en lo que vio. Esta “decisión” no es consciente, evidentemente; se trata de una operación inconsciente que reorganiza el campo de la realidad psíquica.

Para que esta recusa se sostenga, es necesaria una clivaje del yo. Freud describe este clivaje como la coexistencia de dos actitudes psíquicas: una que acepta la realidad de la castración y otra que la rechaza. Ninguna de las dos es abolida; ambas subsisten lado a lado, sin integrarse. En el fetichismo, esto se manifiesta en la conducta del sujeto: puede, en ciertos contextos, reconocer intelectualmente la diferencia anatómica entre los sexos, pero, en el campo erótico, comportarse como si la mujer estuviera dotada de falo, siempre que el fetiche esté presente.

El objeto fetiche, en este contexto, tiene un estatuto muy particular. No es solo un objeto de excitación; es un operador de realidad psíquica. Su presencia garantiza el mantenimiento de la creencia en la no castración de la mujer; su ausencia expone al sujeto al retorno de la angustia de castración. El fetiche es, por tanto, un objeto‑límite, situado entre la realidad externa y la realidad psíquica, entre lo simbólico y lo imaginario. Condensa una función de sustitución (sustituye el pene materno) y una función de marca (señala el lugar de la castración).

Freud observa además que el fetichismo se enraíza en la sexualidad infantil, especialmente en la fase fálica, en la que el falo es el significante privilegiado de la diferencia sexual. El niño, en ese momento, organiza su experiencia en torno a la presencia o ausencia de pene, y el descubrimiento de la “castración” de la mujer es vivido como amenaza a la propia integridad corporal. El fetiche es una solución singular a esta amenaza: en lugar de elaborar la castración como límite simbólico, el sujeto intenta rodearla mediante un objeto que “garantiza” la integridad del falo.

A partir de relecturas contemporáneas, como las de Laplanche, Van Haute y Geyskens, el fetichismo freudiano ha sido retomado para pensar una teoría de la sexualidad menos normativa, en la cual la centralidad de la genitalidad y de la “madurez sexual” es relativizada. Estos autores muestran cómo, en Freud, ya se esboza una concepción de la sexualidad como campo de montajes pulsionales, en el que el fetichismo es uno de los destinos posibles, y no solo un desvío patológico.

La lectura lacaniana del fetichismo: falo, objeto a y estructura perversa

Lacan retoma el fetichismo a partir de su relectura estructural de la obra freudiana. Si en Freud el fetiche es, sobre todo, un sustituto del pene materno y una solución a la angustia de castración, en Lacan será pensado en articulación con el falo como significante, con el Nombre‑del‑Padre y con el objeto a. El fetichismo deja de ser únicamente una “perversión sexual” para situarse dentro de una estructura perversa, definida por la posición del sujeto en relación con la ley y con el deseo del Otro.

En la enseñanza de Lacan, el falo no es un órgano, sino un significante privilegiado que marca la falta en el Otro y organiza la distribución de las posiciones sexuadas. La castración es, entonces, la operación simbólica mediante la cual el sujeto se separa del goce materno y se inscribe en el orden de la ley, mediado por el Nombre‑del‑Padre. En la neurosis, esta operación se realiza bajo la forma de la metáfora paterna; en la psicosis, fracasa; en la perversión, es, en cierto modo, “rodeada” por una posición específica del sujeto en relación con el falo.

El fetichismo, en este marco, es pensado como una modalidad de “negación de la castración” del Otro, pero no en el sentido de una simple ignorancia. El fetichista sabe que la mujer es castrada, pero se coloca en la posición de “convertirse en el instrumento” que viene a completar al Otro, o de producir un objeto que haga las veces de falo. El fetiche, entonces, no es solo sustituto del pene materno; es un objeto que vela y revela la falta en el Otro, sosteniendo una escena en la que la castración es al mismo tiempo reconocida y desmentida.

Lacan aproxima el fetichismo a la lógica del objeto a, ese objeto causa de deseo, resto inasimilable de la operación de castración. El fetiche puede pensarse como una forma particular de objeto a, fijado en un rasgo, en un detalle, que condensa el goce del sujeto. La diferencia es que, en la estructura perversa, el sujeto se coloca en la posición de “instrumento del goce del Otro”, encarnando la ley para el Otro, en lugar de someterse a ella como en la neurosis. En textos como Kant con Sade y Subversión del sujeto y dialéctica del deseo, Lacan muestra cómo el perverso, y el fetichista en particular, se ofrece como soporte de la ley, encarnándola de modo paradójico.

Esta perspectiva permite comprender por qué, en Lacan, el fetichismo no se reduce a un catálogo de objetos extraños, sino que se articula con la posición subjetiva. Lo que define el fetichismo no es el tipo de objeto (zapatos, ropas, materiales), sino la función que ese objeto desempeña en la economía del deseo y del goce. El fetiche es el punto en el que el sujeto intenta suturar la falta en el Otro, transformándola en objeto visible, manipulable, excitante.

Al mismo tiempo, Lacan conserva la intuición freudiana del clivaje. La recusa de la castración, en el fetichismo, implica una división del sujeto entre el saber y el no querer saber. El fetichista, como el neurótico, está sometido a la castración simbólica, pero su respuesta es diferente: en lugar de organizarse en torno a la falta, intenta producir un objeto que “haga existir” el falo. Este intento, sin embargo, es siempre fallido, lo que explica la compulsión a la repetición, la necesidad de reencontrar incesantemente el fetiche, de reconstituir la escena.

Fetichismo, sexualidad y clínica: entre normalidad, perversión y cultura

Uno de los aspectos más fecundos de la discusión psicoanalítica sobre el fetichismo es la problematización de la frontera entre lo normal y lo patológico. Como el propio Freud ya indicaba, “un cierto grado de fetichismo” es constitutivo del amor sexual: la erotización de detalles, de partes del cuerpo, de objetos asociados al partenaire es algo común. Lo que el psicoanálisis introduce es la idea de que la sexualidad humana es, en sí misma, “perversa polimorfa”, es decir, no está naturalmente orientada hacia la genitalidad reproductiva, sino que se organiza por montajes pulsionales, en los cuales el fetichismo es una posibilidad entre otras.

El pasaje al fetichismo como estructura perversa, en sentido estricto, implica, sin embargo, una reorganización más radical. No se trata solo de tener un “gusto” por determinado objeto, sino de depender de él para cualquier satisfacción sexual, de modo que el partenaire es reducido a soporte del fetiche o incluso descartado. El fetiche se convierte en el único objeto sexual, y el encuentro con el otro es mediado o sustituido por ese objeto. En esa medida, el fetichismo pone en cuestión el reconocimiento de la alteridad: el otro es “desubjetivado”, transformado en escenario o soporte del objeto.

En la clínica, esto se traduce en modalidades específicas de vínculo y de goce. El fetichista puede presentar una gran capacidad de escenificación, de teatralización, pero con dificultad para reconocer al otro como sujeto de deseo. La relación con el fetiche es, al mismo tiempo, de dependencia y de control: el objeto debe estar presente, en determinadas condiciones, para que el goce sea posible. La ausencia del fetiche puede desencadenar angustia intensa, sensación de desamparo o incluso imposibilidad de excitación.

Autores contemporáneos, como André Green, Jean Laplanche y, en Brasil, diversos psicoanalistas que se han dedicado al tema, han insistido en la necesidad de no reducir el fetichismo a una curiosidad clínica o a un diagnóstico rígido. En lugar de ello, se trata de interrogar, en cada caso, la función del objeto fetiche en la economía psíquica del sujeto, su relación con la castración, con el deseo del Otro y con la posibilidad de lazo. El fetichismo puede ser, en ciertos contextos, una solución relativamente estabilizadora, que evita desorganizaciones más graves; en otros, puede articularse con formas de crueldad, de desubjetivación del otro, como subraya la literatura reciente.

En el plano cultural, el psicoanálisis también ofrece herramientas para pensar la proliferación de objetos fetichizados en la sociedad contemporánea: cuerpos, marcas, imágenes, dispositivos tecnológicos. Sin confundir el fetichismo clínico con el “fetichismo de la mercancía” en sentido marxista, es posible, sin embargo, articular ambos en torno a la cuestión del valor, del brillo, de la sustitución del lazo con el otro por un lazo con el objeto. El psicoanálisis, en este punto, contribuye a una crítica de las formas contemporáneas de goce, en las que el objeto tiende a ocupar el lugar de respuesta a la falta, prometiendo una satisfacción sin castración.

Fetichismo, ley y alteridad: implicaciones éticas y teóricas

Tanto en Freud como en Lacan, el fetichismo no es solo un fenómeno sexual; es un modo de posicionarse frente a la ley y la alteridad. En Freud, el eje es la recusa de la castración: el fetichista intenta mantener una creencia en la no castración de la mujer, lo que implica, en última instancia, una recusa de la propia limitación, de la propia falta. En Lacan, esta recusa es pensada en términos de estructura perversa: el sujeto no se somete a la ley como límite, sino que la escenifica, colocándose en la posición de instrumento del goce del Otro.

Esta posición tiene consecuencias éticas. La desubjetivación del otro, frecuentemente observada en el fetichismo, no es un mero “efecto colateral”, sino un elemento estructural: si el objeto lo es todo, el otro queda reducido a soporte. Esto no significa que el fetichista sea necesariamente cruel o violento; significa que, en su economía psíquica, el reconocimiento de la alteridad está comprometido por la centralidad del objeto. La clínica contemporánea, al articular fetichismo, amor y crueldad, ha mostrado cómo esta estructura puede manifestarse en relaciones marcadas por una oscilación entre idealización del objeto y su instrumentalización radical.

Al mismo tiempo, el psicoanálisis evita moralizar el fetichismo. No se trata de condenar un “desvío”, sino de comprender la lógica que lo sostiene. La recusa de la castración, el clivaje del yo, la fijación en un objeto que condensa el falo y la falta son respuestas a una experiencia traumática, a un encuentro con la diferencia sexual que no pudo ser simbolizado de otro modo. El trabajo analítico, en este contexto, no busca “normalizar” la sexualidad, sino abrir espacio para que el sujeto pueda confrontarse con la castración de manera menos defensiva, menos dependiente del fetiche como garantía.

Desde el punto de vista teórico, el fetichismo obliga al psicoanálisis a pensar la relación entre realidad psíquica y realidad material. El fetiche es un objeto real, pero su valor está enteramente determinado por la fantasía. Muestra, de forma ejemplar, cómo el inconsciente inviste el mundo de significaciones que no se reducen a la función o al uso de los objetos. Al mismo tiempo, evidencia la dimensión de montaje del deseo: no hay objeto “naturalmente” sexual; es la historia del sujeto, sus escenas infantiles, sus defensas, lo que confiere a un detalle cualquiera el estatuto de fetiche.

Referencias Bibliográficas

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